La dinastía Romanov, que gobernó Rusia durante más de tres siglos hasta la abolición de la monarquía en 1917, cumple mañana, martes, 400 años desde la coronación de su primer zar, con la aspiración de jugar un papel en la democracia rusa.
“Creo que la monarquía legítima y hereditaria es el único sistema estatal instituido por Dios y estoy convencida de su compatibilidad con cualquier época“, asegura la Gran Duquesa María Vladimirovna Romanova, jefa de la Casa Imperial Rusa.
María y su hijo Gueorgui, guardianes de la herencia que inició en 1613 el zar Miguel, reconocen que la restauración de la monarquía a corto plazo en Rusia es “prematura” y niegan esa posibilidad si es “contra la voluntad del pueblo”.
No obstante, matizó ella, “si nosotros o nuestros legítimos herederos somos llamados por el pueblo, no renunciaríamos a nuestro juramento ni abdicaríamos de nuestro deber“.
La Gran Duquesa reside en Madrid, donde nació en 1953, mientras que su hijo Gueorgui, el heredero del trono de Rusia, trabaja en Bruselas como representante del consorcio minero ruso Norníkel, según informa la prensa rusa.
Aunque sea miembro de pleno derecho de la familia imperial rusa, María no es descendiente directa del último zar, Nicolás II, ya que su abuelo Kiril I, que asumió el trono en el exilio en 1924, era primo del monarca ajusticiado por los bolcheviques y nieto de Alejandro II.
Esto da argumentos a otra rama de la familia para negar legitimidad a las reclamaciones del derecho al trono de la Gran Duquesa, por lo que crearon la Asociación de la Familia Romanov.
Al respecto, la Casa Imperial insiste en que María no es aspirante al trono, sino legítima heredera de la jefatura de la dinastía, y así lo han reconocido las principales monarquías europeas y la Iglesia Ortodoxa Rusa. Según la página web de la Casa Imperial, María considera “profundamente injusto” que se les atribuyan “ambiciones de poder“.
El representante de la Gran Duquesa en Moscú, Alexandr Zakátov, asegura que los disidentes pertenecen a familias morganáticas -casados con personas sin sangre real-, por lo que no pueden formar parte de la Casa Imperial.
María Romanova acostumbra a visitar Rusia con asiduidad por invitación de la Iglesia, gobernadores y alcaldes, y aunque se ha reunido con el presidente de la Duma o Cámara de diputados, nunca ha sido recibida oficialmente por el jefe de Estado, Vladímir Putin.
Los Romanov querrían jugar el papel de institución histórica de consenso en la nueva sociedad rusa, ya que ven imposible recuperar el trono y respetan la Constitución y el sistema político adoptado tras la desintegración de la URSS.
Gueorgui Romanov, también nacido en la capital española hace 32 años, estudió en la Universidad de Oxford y trabajó durante varios años en la Comisión Europea en el campo de la energía nuclear. Si él decide seguir el ejemplo de otras monarquías, como la española y británica, y se casa con una plebeya, sus descendientes perderán todo derecho dinástico, según una ley de 1820.
El primer Romanov, el Gran Duque Miguel, llegó al poder a la conclusión del llamado Período de los Tumultos (1598-1613), durante el que Rusia sufrió levantamientos campesinos y cosacos, conspiraciones palaciegas e invasiones por parte de polacos, suecos y lituanos.
Los Romanov -una familia de nobles moscovitas que recibió un territorio débil, atrasado, aislado del resto de Europa y en estado de anarquía- supieron convertir a Rusia en un gran imperio euroasiático.
“Durante los 300 años de reinado de los Romanov hubo muchos éxitos, logros y victorias. Hubo también muchos errores y graves pecados. Por ellos, pedimos perdón al pueblo, en nuestro nombre y el de nuestros antepasados“, asegura María.
Pedro I ha pasado a la historia como el más grande de los zares rusos, ya que, además de derrotar a los invasores suecos y turcos y convertir al imperio ruso en una potencia naval y militar, abrió el país a la influencia civilizadora de Occidente.
De hecho, a partir de ese momento, casi todas las esposas de los diferentes zares fueron de origen alemán, influencia que contribuyó al desarrollo del país, pero también alejó irremediablemente a los Romanov de su pueblo.
La ausencia de reformas alienó a los intelectuales y a los trabajadores urbanos, y cuando Alejandro II puso fin a la servidumbre de gleba en 1861, ya era demasiado tarde. Veinte años más tarde, el propio zar reformista moría asesinado en un atentado terrorista con bomba.
Tras el fusilamiento en Yekaterimburgo en 1918 del último zar y de otros 15 miembros de la familia imperial, 43 Romanov lograron huir de los bolcheviques, muchos de ellos en barco desde la península de Crimea en el mar Negro.